Cuando me enamoré de Trufa

Trufa en abril de 2016.:: ROCÍO R. GAVIRA

Hace cinco años que adopté a mi bicho dorado y hoy os cuento su historia porque, como dijo el actor Heinz Rühmann, “se puede vivir sin perro, pero no merece la pena”

Escrito por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

El 3 de febrero es una fecha importante para mí. Ese día de 2012, también era viernes, adopté a Trufa. O Trufa me adoptó a mí, según se mire. Y lo creáis o no, eso supuso un punto de inflexión en mi vida.

La culpa de que la adoptara fue mi buen compañero Diego. El muchacho llevaba semanas insistiéndome en que me hiciera con un perro. Hacía seis meses que me había trasladado a Granada. Vivía sola y me estaba amoldando a una nueva etapa. Diego, que ya sabía cuanto me gustan los perros, cada vez que veía oportunidad me venía con la cantinela de lo bueno que sería para mí un perro: “Estarás acompañada, verás la alegría al llegar a casa, saldrás más para pasearla…” Y yo le decía: “¿Pero cómo me voy a hacer cargo sola de un perro? ¿Cómo lo compagino con el trabajo? Que eso tiene que ser una responsabilidad, Diego”. En aquel momento no era consciente del verdadero peso de esa palabra: responsabilidad. Y así era nuestro tira y afloja.

Un día, mientras paseaba por el centro de Granada, me sonó el teléfono. Era Diego, ¡claro!

—Hola, Rocío. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?

—Pues cotilleando el escaparate de la tienda de puzzles, aquí en la calle Trinidad, ¿por qué?

—Nada, que te he compartido un evento de Facebook… Sobre… unos cachorros abandonados que le están buscando hogar.

—¡Diego, no me hagas eso! Ya te dije el otro día que no.

—Bueno. Tú mira el evento cuando llegues a casa sin presiones y me cuentas.

—Sin presiones, ya…

Esta es una de las fotos del evento:

 

 

Mi reacción al verla fue una mezcla de “ains, qué pequeños. Qué penita. ¿Quién puede hacer algo así?” y “¡maldito Diego!” Esa tarde-noche no paré de entrar y salir del evento. De observar la foto. De acordarme de toda la familia de Diego porque mi corazón estaba pudiendo más que la razón al ver esa imagen. “¿Cómo es posible que alguien deje tirados a una camada entera de cachorros en el campo?”, me preguntaba. Entonces ignoraba el nivel de abandono animal que hay en España y hasta donde es capaz de dañar la mano del hombre.

Trufa y sus hermanos, siete perros en total, estaban por la zona de la carretera de la Cabra. Los encontró la buena de Pepa. De hecho, Trufa y otro de los cachorros estaban dentro de un contenedor de basura. Aquel mismo jueves por la noche, después de dejarme mi huella dactilar en el portátil accediendo a Facebook y con la cabeza hecha un lío con los pros y los contras, le escribí. No sé si Pepa se acordará, no sé si lo notó, pero le escribía muy nerviosa. Me emocionaba la idea de tener un perro, pero al mismo tiempo estaba asustada pues sería la primera vez.

Al día siguiente, ese 3 de febrero de 2012, quedé con Pepa por la tarde. Durante la mañana compré de todo para la perra: una camita, juguetes, cuencos, pienso… no sabía muy bien lo que me haría falta en ese momento, ¡estaba muy ilusionada!

Pepa llegó en su coche junto a su amiga Rocío. De la parte de los asientos de atrás sacó un transportín. Dentro estaban los tres peluches que le quedaban de esa camada. Yo pensaba en la marroncita que era la que me había gustado en principio por la foto, peeeero… Trufa era la más pequeña de los tres, la que más asustada estaba, escondida detrás de los otros dos al fondo del transportín y con unos ojitos de pena… No tardé ni dos minutos: la quería a ella. Pepa se puso la mar de contenta y al colocármela en mis brazos dijo: “No sabes lo agradecida que estoy, yo ya no puedo quedarme con más perros. Tengo catorce”. Mi cara de… ¡¿cóóómo?! ¡¿Catorce perros?! No entendía cómo ni por qué alguien podía tener tantos perros. Como mencioné antes, en ese tiempo no era consciente de la cantidad de abandono animal que hay en España, que estamos a la cabeza de Europa, ¡señores!

Su historia, la de Pepa, fue la primera que publiqué en IDEAL sobre el abandono animal. Y aunque hasta 2013 no nació Alza la Pata como tal, adoptar a Trufa, conocer a Pepa y, en consecuencia, meter la cabeza en el mundo perruno, fue el origen de Alza la Pata.

Esa misma tarde, tal y como Pepa me dio a Trufa, me acompañaron al veterinario. Por el camino Rocío me iba dando consejos, instrucciones o casi órdenes. “No le des leche, ten cuidado con, cuando decidas cambiar de pienso…” Creo que no te fiabas mucho de mí, ¿eh? En el veterinario la examinaron, me dieron jarabe para desparasitarla, un ciento de consejos para las primeras semanas, la cartilla… salí en modo montaña rusa de emociones e información.

Al llegar a casa fue como… ¿y ahora qué? Le di un baño calentito, la sequé y la puse en su cama. Trufa tenía bastante miedo. Sabe Dios lo que vivió durante esos dos primeros meses de vida en la calle. Recuerdo que esa noche mientras dormía pegué un respingo de la cama a las 6 de la mañana que pa’ qué. Creía que en mi sueño escuchaba los gritos de un niño… Cuando desperté, resulta que era el llanto desconsolado de Trufa. La única forma de calmarla fue meterla conmigo en mi habitación.

Las primeras semanas fueron muy duras. Estaba muuuuuy contenta por tenerla junto a mí, pero qué gran verdad esa que dice que no sabrás nunca lo que significa tener un perro hasta que vives esa experiencia. Para bien y para mal. Reconozco que al principio me invadieron las dudas. Estaba yo sola (tenía 24 años) haciéndome cargo de otro ser vivo, incluyéndolo en mi rutina. No sabía si lo estaba haciendo bien, no sabía si me había equivocado al adoptarla. Trufa dependía de mí, en especial esas primeras semanas. Estaba tan asustada que rara vez movía el culo de su cama. Le tenía que dar de mi propia mano la comida y el agua. En cuanto perdía el contacto visual conmigo en la casa, comenzaba a llorar. Y qué llanto, ese sonido te taladraba el cerebro.

Trufa con poco más de 3 meses de edad.

Trufa con poco más de 3 meses de edad.

La veía tan quitecita que me decía a mí misma, “verás cuando se espabile…” Y espabiló, ya lo creo. Pasado el primer mes, cogió confianza y se convirtió en un nervio que quería jugar a todas horas y mordisquearlo todo. TODO. Ains, aquella madrugada que llegué a las cinco de la mañana de trabajar y me encontré la gomaespuma del cheslong esparcida por todo el suelo del salón… Y ella, en mitad de todo ese follón con cara de felicidad, ¡encima! Ahora me río, pero la irritación que me llevé entonces fue chica. Otra noche cuando entré en la casa, le di al interruptor y no había luz. El bicho había mordisqueado el cable de una lámpara. Y no sé si fue por eso o no, pero la luz había saltado y a ella se le había levantado su oreja derecha (como en la foto). Prometo que cuando me marché a trabajar esa tarde, Trufa tenía las dos orejas para abajo. Sea como fuere, al crecer las orejotas se le pusieron tiesas.

Aquellas dudas del principio duraron poco. Según pasaban los días, las semanas, nos fuimos enseñando la una a la otra y las piezas del puzzle encajaban. Encajan.

Gracias a Trufa he cambiado muchos pensamientos sobre los perros. Con Trufa he aprendido que no hacen falta las palabras para saber que alguien está junto a ti, que te quiere, que te apoya. Me ha lamido muchas lágrimas, incluso se ha comido los clínex con los mocos… Pero sobre todo nos lo pasamos muy bien juntas. Puedo tener el día más mierda, que cuando he llegado a casa, ahí está la alegría de mi huerta para montarme una fiesta de bienvenida. Por las mañanas (bueno, yo más bien al mediodía por aquello de que trabajo de turno de noche), me despierta dándome golpes con sus largas patas o atusándome con su hocico. Esta última son las menos, ella es muy delicada y le van más los zarpazos.

Con Trufa es imposible aburrirse. Ya se encarga ella de recordarme que hay jugar o hay que salir a “trufear”. Cada vez hacemos más senderismo. Ella se lo pasa pipa explorando y yo descubro rincones muy chulos.

Por supuesto, también tiene días tontos. Algo se parecen a las personas. Hay perros que no le caen bien y se pone echa una loba. Pero por lo normal es muy sociable con la mayoría de los perros y muy mimosa con las personas. Muere por una caricia.

Me flipa verla correr, ¡madre mía qué velocidad coge la tía! Su energía, su vitalidad. Es incansable. Y tiene 5 años.

Con Trufa he aprendido que eso de la “fidelidad, amor y confianza” que da un perro, eso de “el perro es el mejor amigo del hombre”, no son frases hechas. Son grandes verdades. Tú les das un hogar, una familia, y ellos te dan ese amor incondicional. ¿Cuántas personas somos capaces de hacer eso?

En su día, el larguilucho de Miguel, antiguo compañero de trabajo, me dijo: “Tú vives enamorada de Trufa”. Y no te falta razón, amigo. Jamás imaginé lo que se puede llegar a querer a un animal hasta que le abrí las puertas de casa a mi Trufa y ella se coló en mi alma.

Como dijo el actor Heinz Rühmann: “Se puede vivir sin perro, pero no merece la pena”.

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De corazón, gracias a Diego por esa insistencia. Bendita sea. Gracias a Pepa por sacar a Trufa de aquel contenedor de basura y toparte en mi camino. A mi tocaya por aquellos consejos (y por el logo del blog 😉). Gracias a Miguel por aquellas palabras que se me quedaron grabadas.

Gracias a todo lo que vino tras adoptar a Trufa. Gracias a Jose porque desde el minuto uno me animó a crear y alimentar Alza la Pata. Gracias a los que me echan una mano con ella cuando toca. Gracias a mi familia y amigos porque entiendan o no el amor que siento por Trufa, lo respetan.

Y gracias por existir, Trufa ❤️

1 comentario en Cuando me enamoré de Trufa

  1. Museo de la Trufa Metauten
    5 Febrero, 2017 at 10:57 pm (7 meses hace)

    Soy Chencho y mi trabajo es con perros ((soy trufero)de Pamplona y la verdad es que me encanta ver cómo cada vez hay más gente que se da cuenta lo que aporta un compañero de cuatro patas y creo que este post contribuye.
    Yo tengo cuatro perros, que para rato pensaba yo acabar así pero es que en mi casa somos débiles y más vale que no caben más. Desde aquí te felicito por tus palabras.

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