Primera visita al veterinario. Foto: www.hogarutil.com
Primera visita al veterinario. Foto: Hogarutil

Escrito por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

¿Qué le pasa a tu perro? ¿Cuánto tiempo tiene? ¿Es macho o hembra? Son las clásicas preguntas en la sala de espera de una consulta veterinaria. Y guardan bastante similitud con la de espera de un pediatra, a excepción de que son perros (también acuden otros animales al veterinario, pero normalmente no va más allá de perros y gatos) y con los críos se diferencia rápidamente si son niños o niñas. 

La situación es prácticamente la misma. En cada silla está el dueño con su mascota (como cuando los padres llevan a sus hijos al médico). Llega el último que pide la vez. Cuando se calman un poco los humos entre los perros –cada vez que entra por la puerta un miembro más a unirse a la cola comienza una fiesta de ladridos o amagos de ellos–, se echa un vistazo a los cuatro o cinco que haya alrededor: cachorros despeluchados, adultos, más pequeños con divinos chaquetones, más grandes con un precioso porte, de raza como los pastores alemanes, mezclados muy cariñosos,… Y las preguntas para saber qué le ocurre a cada cual vienen de corrido cuando uno de ellos encandila al personal con su guapura, con una gracieta o se ponen a jugar entre ellos.

Estos caninos son una especie muy inteligente y saben de sobra cuando van al veterinario. Como no estén acostumbrados a salir a otra parte, y en general sus viajes en coche tengan como destino aquel, se ponen bastante nerviosos. Más aún cuando entran en la clínica que desprende ese olor tan identificativo con ese señor o señora de bata blanca. ¿La reacción? Lloriqueos varios o ladridos.

Las dolencias pueden ser diversas. Las internas van desde un simple resfriado o faringitis hasta enfermedades más graves que les ataquen a órganos vitales como los riñones. Incluso cáncer. El otro día llegó una chica con un perro que se lo encontró días atrás cerca de su casa: sin apenas pelo, en los huesos, con las orejas comidas por las garrapatas. Aunque físicamente ha mejorado, por dentro los resultados de las analíticas son negativas, y no se sabe qué ocurrirá con él. Afortunadamente cuenta con alguien que le ayude. No todo el mundo es capaz de recoger estos perros abandonados y llevarlos al veterinario para hacer todo lo posible por ellos, corriendo con los gastos, ya sea de su propio bolsillo o con ayuda de más personas.

En algunos casos es más que evidente porque se trata de algo físico, como un doberman que llega con el lado derecho de la cara bastante arañado porque resulta que su compañera está en celo y él no se ha dejado querer. O los puntos en los ojos de de un sharpei; son una raza muy delicada y debido a sus arrugas, que le tapan el hocico y los ojos, necesitan de varias operaciones a lo largo de su vida para que no suponga un problema.

Ir al veterinario no les gusta ni un pelo, como a cualquier ser humano ir al médico. Será por eso que cuando salen de la clínica, o se han curado, son los más agradecidos del mundo mostrando su cariño. A modo de “¡gracias por sacarme de aquí, esto no me gusta nada!” en la primera; y un simple “gracias” en la última.

 

>> Noticia publicada en ideal.es el 23/02/2012